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  • Cuando se agrede al que cura, por el Dr. Jorge Iapichino

    Fecha - 13 / 04 / 2014
    El presidente de Femeca habla en esta nota de la violencia que se ejerce hacia los profesionales de la salud

    Celebramos el Día Mundial de la Salud por lo que significa para la humanidad y al mismo tiempo lamentamos los recientes hechos de violencia hospitalaria y sanatorial que recaen injustamente sobre los trabajadores del sistema sanitario argentino. Nos preocupa que en nuestro país, de manera lenta pero inexorable, nos alejemos de los mínimos estándares de seguridad internacionales.

    Las incursiones de bandas descontroladas a las salas de guardia o de individuos que amenazan con armas de fuego a colegas que trabajan en centros de salud o las incursiones armadas de amedrentamiento dentro de los quirófanos rompen rompen cualquier tipo de relación racional entre quienes intentan curar y aquellos que necesitan atención. La imposibilidad de que las ambulancias ingresen a las villas de emergencia sin el acompañamiento de un móvil policial indica a las claras el punto de deterioro al que llegó la relación de los actores del sistema sanitario con una parte de la comunidad. Los que estamos en esta maravillosa profesión desde hace muchos años jamás pensamos que deberíamos finalizar nuestras carreras intentando defendernos de quienes debemos atender.


    En la actualidad los médicos y los profesionales del sistema de salud argentino enfrentamos un fenómeno que la mayoría de las veces escapa de nuestras manos y nos lastima no sólo en lo físico, sino en lo emocional y también en lo profesional.


    Hoy la violencia es una epidemia que corroe el tejido social. Los hechos violentos se reproducen de manera imparable y los que trabajamos en el sistema sanitario no somos ajenos a sus consecuencias. Por un lado, atendemos los hechos de violencia para tratar de restablecer la salud de las víctimas; por el otro somos de forma cada vez más frecuente, víctimas de esa misma violencia.


    Cuando se agrede al que cura y al que cuida, estamos frente a un derrumbe social y cultural. Si bien la violencia afecta prácticamente a todos los sectores de la sociedad, debemos resaltar que en la atención sanitaria alcanza a casi la tercera parte de los trabajadores.


    Las agresiones conducen al profesional a secuelas psicológicas tales como síndrome postraumático, insomnio, depresión y cambios de conducta. Esto llevó a que en los últimos años existan dificultades para cubrir vacantes de guardias en las especialidades más expuestas. Cada vez son menos los colegas que aceptan trabajar bajo estas condiciones. Además, las falencias del sistema sanitario en su conjunto, con evidente déficit de camas, insumos y complejidad sumados a lugares de atención inadecuados, se convierten en una verdadera invitación a la mala relación entre el médico y el paciente. La conflictividad social creciente hace que aumenten de forma exponencial las posibilidades para el médico de ser agredido. Este termina siendo la cara visible de las graves falencias del sistema sanitario.


    Las falencias crónicas de nuestro sistema de salud estallan en sus eslabones más débiles: las enfermeras, los médicos y los pacientes. Los primeros agredidos en forma física o psicológica y los segundos sin la adecuada atención.


    Hoy, debemos agregar la falta del mínimo respeto hacia los profesionales por parte de un sector de la población. La falta de educación adecuada y la inconducta social que provoca la drogadicción, han desdibujado la distinción entre el bien y el mal y entre quienes están para ayudar y quienes no. Debemos entender que los violentos también están enfermos. Por lo tanto la situación actual hace imperiosa la formación de los profesionales de la salud en el conocimiento de los métodos para manejar la violencia. También saber usar adecuadamente todas las medidas para prevenirla. Una vez producido el hecho, se debe estimular a los médicos para consultar a especialistas, con el fin de impedir que las reacciones propias ante la hostilidad desemboquen en cuadros de burn out, fobias al ejercicio profesional, u otros trastornos. Esto es lo que podemos hacer desde el sector de la salud ¿Pero quiénes tienen la obligación de dar respuestas, para aliviar este flagelos que nos aqueja? ¿Hasta cuándo se puede sostener un sistema de salud ineficiente y desigual que aleja a los médicos de la profesión y a los pacientes de una atención apropiada?


    Las respuestas las debe dar la política; mejorando el sistema de salud para que sea más accesible e igualitario e implementando campañas de comunicación que alejen los hechos de violencia de los lugares destinados a la salud. Lo que no debe hacer la política, por citar un ejemplo cercano, es dar el triste papel ante la sociedad de pelear por los espacios de poder retirando la policía de los centros hospitalarios de la ciudad capital, dejándolos temporariamente indefensos.


    Hoy existe un Estado ausente en lo referente a una contención social adecuada. Fue la política en la Argentina la que ha modelado un Estado ineficaz orientado por demasiado tiempo a una contención social errónea. Esta aseveración es válida para todas las jurisdicciones del país, pues tanto la salud como la seguridad son cuestiones federales y nadie se puede hacer el distraído. En un sistema político donde la búsqueda de consensos entre las distintas fuerzas partidarias se parece a una utopía, es difícil y hasta algo estúpido proponer que sobre estos temas se construyan políticas de estado. Sin embargo es el único camino posible que puede ser efectivo. Esa es la razón por la cual apelamos a la política a intervenir con urgencia. Esperamos que esta reaccione antes de que sea demasiado tarde.